Opinión

TIERRA DE CHICLE: Auge y caída del priismo Peninsular II: Carlos Sansores, el Cacique Negro del Sureste

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Carlos Sansores Pérez, presidente del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Revolucionario Institucional, preside reunión. Mediateca del INAH. Fecha: 1976-1979

Gilberto Avilez Tax

“Mi padre era como una ceiba y debajo de las ceibas ni las hierbas crecen”. Layda Sansores.

En el anterior artículo abordamos los orígenes del priismo, e intentamos hacer unas caracterizaciones políticas de ese partido y del sistema político creado a partir de su hegemonía durante largos años (1929-2000). Esa hegemonía, al menos en los estratos más educados de este país –la crítica del régimen se había inaugurado en las universidades y en los círculos intelectuales de izquierda-,  comenzó a declinar a partir de 1968 en adelante, y en esa “transición empantanada” hemos pasado por años de espera democrática donde se dieron feudos priístas que resistieron después del 2000, como fue el caso de Quintana Roo, que solo hasta 2016 pudo darse la alternancia de partidos después de una fisura insalvable en la familia tricolor tropical (aunque, a nivel municipal, en Quintana Roo la lucha democrática había comenzado a principios de esta centuria con los primeros gobiernos municipales gobernados por partidos distintos al priísmo).

Apenas hace cosa de 6 años, en 2015, el priísmo en la Península era hegemónico, gobernaba los tres estados, y en Quintana Roo era el priísmo borgista: autoritario, selvático y populachero, y  que tiene mucha escuela y camino de lo que durante mucho tiempo fue la tipología clásica de la forma en que este país había sido gobernado por caciques regionales como Carlos Sansores Pérez. En  ese sentido, creo que es interesante bosquejar –sin ser exhaustivos para no cansar al lector- en qué consiste esa forma de gobierno, que en Quintana Roo puede tener varias similitudes y engarces con el Villanuevismo de la década de 1990 (lo que sobrevive de ese folklor autoritario), pero igual con el Felixismo-Borgismo (más vivo todavía). Abordemos pues, aquella ceiba negra campechana que al menos sí daría alguna hierba política –la del priísmo de la década de 1990 en la Península- debajo de su sombra.

Antes de entrar en materia, aceptemos una autocrítica necesaria. Para mí Campeche es un enigma después de 1862, cuando se da la primera “desmembración del Estado de Yucatán efectuada por el gobierno nacional” (este es un título célebre de Bernardino Mena Brito). Creo que es de urgencia suma saldar esa deuda, y no seguir haciendo una historia parcelada por las fronteras políticas imaginarias. Ese es el ejemplo de la influencia del “Negro Sansores”, que fuera “Cacique del Sureste” cercano a Echeverría desde que éste era secretario de gobierno en el sexenio de Díaz Ordaz (1964-1970). Acercarnos a la figura del Negro Sansores es adentrarnos a un mar no tan desconocido, pero que cuenta con ríos subterráneos que desembocan en las aguas de Yucatán y del Caribe mexicano, porque su estilo personal de gobernar tiene afinidades de carácter en el Cerverismo o el Villanuevismo.

Claudio Vadillo, estudioso de la historia regional campechana, en el 2008 se refirió al periodo que va de 1944 a 1991, donde descuella la figura del “Negro Sansores”; este periodo, aseguraba Vadillo, se caracterizó por los métodos populistas y autoritarios tradicionales de gobernar, y que consiste “en una mentalidad paternalista, publicitariamente populachera y casi siempre autoritaria, reproducida por todos los grupos de poder en Campeche, independientemente de sus ideologías”.

            Si la primera mitad del siglo XX en Campeche, la figura política similar a Carrillo Puerto fue el “hombre de horca y cuchillo” Ángel Castillo Lanz, que quitaba y ponía gobernadores (y que fuera gobernador de Campeche de 1923 a 1927), durante la segunda mitad uno no puede dejar de lado los años de Carlos Sansores Pérez. No existe, hasta ahora, una tesis doctoral que den cuenta de esos años que se enmarcan desde  el sexenio de Ávila Camacho, pero con más resplandor oscuro en los tiempos negros de la Guerra Sucia (1943-1980), como sí existe una tesis doctoral de los años de Castillo Lanz.

Hay, hasta ahora, memorias periodísticas desperdigadas, un texto entrevista aparecido en Proceso (septiembre de 1977), que el periodista Elías Chávez le hiciera al ex gobernador campechano José Ortiz Ávila (su periodo de gobierno fue de 1961-1967), artífice de ponerlo por primera vez como Senador de la república, desoyendo el olfato político del candidato Díaz Ordaz, que no estaba de acuerdo en ello porque lo consideraba un miembro “de trinchera” muy ambicioso. Del mismo modo, en Los Caciques (Grijalbo, 1979), el periodista y ex gobernador yucateco, Carlos Loret de Mola Médiz (1921-1986), le dedica 21 vitriólicas y filosas páginas para hablar del “cacique Negro”, donde se deja ver la pugna que sostuvieron ambos gobernadores de la Península por el control de la miel y que llegó hasta el punto de que, según una hipótesis arriesgada, en la cruzada de Efraín Calderón Lara contra los sindicatos charros, se tocaran la mano negra de Sansores y la figura en ascenso de Cervera Pacheco, que utilizaba los mismos recursos y maneras –confrontación directa- de su mentor, el Negro Sansores, para agenciarse poder: dinamitar al gobernador en turno. Sin duda, los archivos campechanos, yucatecos, quintanarroenses y los Fondos de los presidentes que se encuentran en el Archivo General de la Nación (AGN), serán de urgente necesidad si alguien desea escribir una biografía aún no escrita de Sansores.

El poder como tal del Negro Sansores, de confrontarse con gobernadores, había comenzado en los gobiernos de Manuel López Hernández, “el Maestrín”, y Alberto Trueba Urbina (1949-1961); este último, doctor en leyes, le fincaría responsabilidades penales por ser director intelectual del asesinato de un señor Herrera, presidente del comité municipal del PRI en Dzitbalchel, por el control de los municipios de esa región. Sansores huye y se guarece en Yucatán, pero la intercesión ante el gobernador Trueba Urbina del general Ortiz Ávila que ya era candidato del PRI, detienen toda investigación. Y fue el mismo Ortiz Ávila, repleto del “cultivo” más abyecto de Sansores hacia su persona, el que le abrió al final el camino hacia la gubernatura al que luego sería un traidor del buen gobierno logrado por Ortiz Ávila, el Negro Sansores Pérez. Sansores gobernaría como si fuera un cortijo personal a Campeche, de 1967 a 1973, en los años de la matanza de Tlatelolco y la Guerra Sucia. Cultivar y traicionar, eran los signos del Negro. Cultivar es un verbo mágico de la verborrea indiscriminada del político peninsular (yucatecos, campechanos o quintanarroenses) que quiere un hueso, y el nivel de cultivo es directamente proporcional al hueso que se busca: mientras más grande, más cultivo, más convenzo con la oratoria engolada, más adulo hasta la ignominia, me vuelvo el perro fiel y leal de la disciplina del partido, más engatuso y trato de hacer creer mis dichos a alguien por encima de mí para buscar mis fines personales. Y eso fue Sansores en varios momentos de su carrera política iniciada en el gobierno de Eduardo Lavalle Urbina (1943-1949), que puso a este joven abogado originario de Champotón que fuera líder estudiantil del Instituto Campechano, como jefe de la Policía Judicial y después lo hizo diputado federal en tiempos de Miguel Alemán. El padre del Negro, Ulises Sansores, fue parte de la camada de políticos campechanos de tiempos de Castillo Lanz y que perdiera la vida por querer competir con el delfín que había impuesto este último, un pariente lejano a su familia.

Carlos Loret de Mola Médiz, padre y abuelo de periodistas, ha sido acusado por los seguidores del Charras como su asesino intelectual. La tesis contra el periodista se presenta desde novelas, folletines, corridos, crónicas de esos tiempos, y los consabidos escolios que año con año se hacen en memoria del abogado de Hopelchén. No podemos entender el periodo del Negro Sansores, si no nos referimos a esa confrontación de dos gobernadores peninsulares del PRI diametralmente opuestos en ideología (la única ideología de Sansores fue el poder para llegar a la riqueza) y ética administrativa (nada de ética en el campechano voraz del erario público).  La tesis que muy pocos hacen caso y que solo ven como signo de paranoia y delirio de persecución del periodista gobernador, es que tal vez Calderón Lara fungiera como alfil de Sansores y, por supuesto, del diputado federal yucateco Víctor Cervera Pacheco, para desestabilizar su gobierno y provocarle la caída que era deseada en las altas esferas del gobierno central. Detrás de todo eso estaba la lucha por el control de la miel, que cosechada en los colmenares del Camino Real, Hopelchén, Champotón, Tenabo, pasaba a Yucatán para su sello. La lucha era también por el control político regional en la búsqueda de un “Maximato” echeverrista.

El Presidente Luis Echeverría y el Gobernador Carlos Loret de Mola Médiz. Biblioteca Yucatanense. (S.f.).

La pugna era igual por el celo político regional, pues Loret de Mola Médiz tenía todos los recursos intelectuales y éticos (era amigo de Carlos Madrazo, defenestrado de la Presidencia del PRI por el Secretario de Gobernación Echeverría, en los primeros años de Díaz Ordaz), para saltar a la política nacional.  Y la confrontación también era más de signo estatal, para favorecer al ahijado Cervera Pacheco y sus ganas totales de poder: “Sansores –dice esta tesis campechana- manipuló y financió al Charras para desestabilizar al gobierno de Yucatán. La tortura cruel que vivió Calderón Lara era porque sus asesinos querían saber quién lo financiaba”.

La aseveración de que el asesino intelectual del Charras fuera el mismo gobernador, Loret de Mola Médiz, ha sido cuestionada por Pedro Echeverría, uno de los intelectuales marxistas yucatecos al cual no pueden tacharlo de conservador. “Es difícil probar tal aseveración”, sostenía Echeverría, en 1999. Pero lo que sí se puede probar, fue que, en un momento de las pugnas entre los cerveristas con el gobernador Loret de Mola Médiz, tal vez los caminos con el Charras se lograron cruzar:

“Al asesinato del Charras le antecede un fuerte enfrentamiento entre el gobernador y el cerverismo. Víctor Cervera Pacheco había subido a la presidencia municipal de Mérida en enero de 1971 y, desde entonces, había tenido serios enfrentamientos con el gobernador Loret. Los sucesos se inician a principios de 1973 cuando Cervera, para ser candidato a una diputación federal, dejó como interino en la alcaldía de Mérida a su amigo incondicional Wilbert Chi Góngora quien llevó, o permitió, el agudizamiento de los enfrentamientos con el gobernador hasta llegar a la violencia y a que el mismo Chi fuera desconocido por el congreso del estado. Los priístas cerveristas -aprovechando algunas luchas sindicales que comenzaban a desarrollarse en Yucatán, coordinadas por el abogado Calderón Lara y el Frente Sindical Jacinto Canek, buscaban fortalecerse contra el gobierno de Loret; sin embargo el deslinde era claro: los cerveristas luchaban para derrocar a Loret (así como el PAN lucha hoy contra Cervera); el Frente, por el contrario, batallaba por la formación de sindicatos democráticos e independientes y por los derechos de los trabajadores (Pedro Echeverría. 1999).

Cervera Pacheco seguía la misma escuela confrontativa del Negro Sansores, quien al menos había traicionado y hecho labor de zapa contra dos gobernadores campechanos: Manuel López Hernández, y el Dr. en derecho, Alberto Trueba Urbina. Un perfil del carácter “tartufo”, taimado y zalamero de Sansores, lo dio en 1977 para Proceso, su ex padrino, el general José Ortiz Ávila. La “tipología” de Ortiz Ávila puede ser vista como bosquejos de ese autoritarismo popular que fue arquetipo del sistema político mexicano postrevolucionario, y que en Quintana Roo fue bandera del priismo tropical: “Sansores Pérez no era más que un producto del medio corrompido en que se ha desarrollado la política mexicana”, aseguraba el general: no era la excepción sino la regla, porque en ese sistema político que fue boyante hasta pocos años atrás, el político que progresaba era el político abyecto, el servil, el que hace genuflexiones, el que piensa que el fin justifica los medios. Era una política de tartufos, y Sansores era el Tartufo por excelencia. Jesús Martínez Ross, el primer gobernador constitucional de Quintana Roo, entendía bien esta cualidad rastrera que debe tener todo político formado en el priísmo de esos años: hace unos años, Martínez Ross evocaba los primeros años de un  político chetumaleño -hoy jubilado como Martínez Ross-, a quien incorporó a su grupo “porque su mérito era ser adulador del gobierno. Como íbamos subiendo le fuimos dando oportunidades y con David Gustavo le dieron su lugar. Él era muy buen orador, porque donde lo pararan para hablar, mis respetos. A mí me tocó estar en el poder, lo propuse como diputado federal y lo logró. Ya después ha sido todo” (Quintal Soler, Jonathan y Jorge Chan Cob. La participación política en Quintana Roo. Origen y desarrollo, 2011, p. 138).

En las descripciones que se leen de Sansores en las páginas que le dedica Loret de Mola Médiz, tal parece que podemos leer a varios políticos chetumaleños de indistintos partidos, gobernadores incluido, y de otros municipios más rurales: Sansores era “un político muy oscuro, de ideas cortas y ambiciones largas”, que nunca se preocupó por iniciativas legales, por problemas sociales u otras cosas de interés público. Era, al final de cuentas, un “hombre de la selva” que pocas veces da la cara, aspirando al poder por la riqueza y a la riqueza para el poder.

Y cuando llega al poder, Campeche, durante el periodo 1967-1973, se vuelve en su feudo personal que controlaría hasta finales de la década de 1970 cuando le da una embolia, debido al coraje que le propinara López Portillo por haberlo relegado y apartado. Como gobernante, comienza la picaresca de un hombre que quiso todo el pastel: repartió dinero a manos llenas, obtuvo gasolineras, flotillas de camiones, ranchos y haciendas, acaparó la producción de miel, de la riqueza forestal, estafó a campesinos y hasta se descontroló en sus pasiones bragueteras. “Era un paternalista como todo cacique, daba medicinas a los pobres, repartía dinero del erario público pero atrás se chingaba más de lo que repartía”. Llegó sin un quinto casi, y salió latifundista y empresario en todos los rubros de la economía campechana. Si le gustaba un cerro, un rancho o una hacienda, lo compraba a la fuerza al precio que el Negro dictaba. Los campesinos que llegaban a pedirle semillas mejoradas, el Negro no solo se los daba sino hasta comía cochinita con ellos.

Su hija, Layda, lo recuerda como el hombre fuerte que no lloraba, el prototipo de macho mexicano que era una piedra granítica: “nunca lo vi llorar en la vida. Murió su hermano y tuvo pérdidas muy grandes y  nunca una lágrima (Reporte Índigo, octubre de 2013). El hombre que ayudaba a todo el mundo, era una oscuridad con su familia. A una hermana que no tenía casa propia, Sansores no movió ningún dedo para ayudarla. Lo de ser mujeriego era un secreto, pero cuando quería a una mujer, hacía todo lo humana y políticamente posible –es decir, movía su poder- para tenerla. Tenía razón Layda cuando dijo que su padre era como una ceiba donde abajo no crecían las hierbas. Sí, pero las hierbas familiares, porque a otras hierbas, el Negro Sansores bien que las prohijó. Es el caso de Rosa María Martínez Denegri, una maestra rural que abrió brecha entre las mujeres políticas de Campeche. A Martínez Denegri la consideraban su hija política. Pero cuando su hija mayor, Layda, le hizo saber que tenía intenciones de seguirle sus pasos, el Negro Sansores se negó que se metiera en la política. Solo las intercesiones de Martínez Denegri, quien encontró a Layda llorando en el jardín de “la casa grande” de la Ciudad de México, hicieron ceder el corazón de ceiba de su padre.

 Si el “Sansorismo” fue una doctrina, fue una doctrina de la corrupción sistemática: y como tal, esas doctrinas tienen sus adictos y siervos, pero también tienen los que se le confrontan. Un hombre sin gramo de demócrata, fue leal servidor de su jefe Luis Echeverría. Se cuenta que después de la matanza de Tlatelolco, en el Campeche de Sansores, bajo la sombra protectora de Sansores, se refugió el comandante del Batallón Olimpia, José Hernández Toledo.

            Después de su salida de la gubernatura, su carrera política fue aupada por las buenas migas que había armado con Echeverría Álvarez: en 1973, seis meses antes de que concluya su gobierno, llega nuevamente como Senador, y en 1976, gracias al ex presidente Echeverría, se convierte en Presidente Nacional del PRI alguien que podemos considerar, perfectamente, en la némesis del demócrata Carlos Madrazo: era la “entronización del Cacique Negro en la vida nacional”, era “la sobrevivencia del cacicazgo más rapaz de nuestros tiempos en la tolerancia de un gobierno”. A Carlos Madrazo lo había sacado de la presidencia del PRI nacional Luis Echeverría, y más de diez años después, Echeverría había puesto en ese lugar al Cacique del Sureste (que había dado impulso a Cervera en Yucatán) como presidente de ese partido.

(Segunda de 4 partes)

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