Opinión

| TIERRA DE CHICLE | 170 Aniversario de la muerte Manuel Nahuat; La Cruz Parlante: el culto que sigue y seguirá

Gilberto Avilez Tax

La “Santísima Cruz tres personas” vino al mundo en un momento difícil para las huestes mayas que en julio de 1847 se habían levantado en armas con el grito de Tepich iniciado por el batab Cecilio Chi. La Guerra de Castas, un conflicto que tenía su origen primigenio en la guerra que la sociedad blanca yucateca realizaba desde 20 años atrás contra las tierras milperas mayas que durante la colonia no habían sido tocadas, estaba en un franco retroceso para ese entonces. El 30 de diciembre de 1850, el lugarteniente de Jacinto Pat, José María Barrera, condujo a sus huestes que habían sido derrotadas en su cuartel de Kampolcolché, a descansar en lo más oculto de la selva, una meseta donde se encontraba un pequeño cenote. Ahí sucedió la hierofanía, la manifestación de lo sagrado.

            Lo que sucedió en ese año de 1850 le daría un giro total a las circunstancias de entropía y desperdigamiento de las huestes mayas, que pululaban en desbandada por los bosques, lejos de los ejércitos yucatecos. Y es que lo que estaba a punto de ocurrir sería el nacimiento de un pueblo, el pueblo de la Cruz Parlante, la estructuración de la sociedad autónoma cruzoob, cuando la cruz comenzó a hablar. De tanteo a tanteo, podríamos decir que un elemento cohesionador mesiánico, fue buscado con insistencia por los rebeldes para darle el empuje que su lucha de liberación anticolonial necesitaba.

            Si los mayas yucatecos del siglo XIX eran personas sumamente muy religiosas, dependiendo de sus sacerdotes y de sus dioses del monte y sus “misas milperas” para ser ayudados contra las innumerables amenazas de la vida, al segundo año de la Guerra de Castas, “estas amenazas habían aumentado hasta proporciones de pesadillas, con derrotas en las batallas, perdiendo sus milpas, sus iglesias, sus sacerdotes y la mayor parte de sus santos. Los maestros cantores, ayudantes indígenas laicos, intentaban reemplazar las pérdidas religiosas” (Reed, 2002: 54). El caso de Macedonio Tut, quien por 1848 se puso los hábitos de sacerdote para predicar a los rebeldes diciendo misa; y el de Bonifacio Novelo, asegurando a su tropa el triunfo contra los dzules por la razón de que la Virgen en persona se lo aseguró, son hechos que indican “La necesidad de los insurrectos de contar con una legalización divina para su lucha y de que ésta estuviera orientada por guías sacerdotales” (Bartolomé, 1992: 181).

            La respuesta a esta búsqueda sería la estructuración de la Cruz Parlante por José María Barrera, quien ayudado por el ventrílocuo Manuel Nahuat,[1] uno de sus soldados con dotes de nigromante o chilam, fue el primer Patrón de la Cruz.

            De hecho, la fundación de Chan Santa Cruz se debe a que Barrera, entre marzo y octubre de 1850, “encontró” en un cenote donde se encontraría el futuro nombre del pueblo que se convertiría, al correr de los pocos años, en la “República de Chan Santa Cruz”, unas crucecitas labradas –labradas tal vez por Barrera como señuelo o marca para sus lugartenientes- en el tronco de la corteza de una de las caobas o cedros que crecían cerca de la cueva donde brotaba el agua límpida (Bricker, 1993: 202). Esa es la interpretación ladina del origen de la hierofanía surgida en la carne de un “caobo milagroso” (Villa Rojas, 1992). No obstante, la “versión maya”, convertida en mito, explica el origen de la Cruz Parlante, en otros términos: después de narrar cómo tres ah-kines del pueblo de Xocen (pueblo de la región de Valladolid) se vengaron de los castigos del santo del pueblo, poniéndolo de cabeza, junto con el sudario, la santa vara y el incienso, en el hueco de una piedra; el mito procede a describir cómo el santo dejó Xocen para aparecer en el cenote de Chan Santa Cruz, “porque el cenote es la casa del Señor”. El santo emerge del cenote ya como la Cruz y bendice al “santo árbol k’uche’” (cedro) de donde salen sus mensajes. Esta Cruz era la primera vez que salía y se presentaba entre los macehuales. “En la Cruz fue clavado Jesucristo y la Cruz fue amiga de Jesús y por eso Él la dejó entre los macehuales, para que se pudieran comunicar con Jesús” (Careaga, 1998: 117). La cita de Careaga procede de Bartolomé y Barabas (1977: 30).

            La Cruz Parlante, hablando en el maya antiguo y puro en voz de Manuel Nahuat, inmediatamente dio sus órdenes de liberación indígena a su pueblo, e instó a los mayas a proseguir, sin miedo a morir, la lucha contra los dzules; pues Ella estaría con ellos, Ella los protegería desde la vanguardia, los cuidaría de los disparos de los rifles y de otros peligros, ya que era el momento para el levantamiento del Yucatán indígena contra los blancos de una vez para siempre: 

“Porque sabed, 

Oh cristianos pueblerinos, 

Que soy yo quien os acompaña; 

Que a toda hora 

Soy yo quien voy a la vanguardia 

Delante de vosotros, 

Frente a los enemigos 

Con el fin de que 

No caiga sobre vosotros, 

Ni una pizca de daño, 

Oh vosotros mis hijos indios”.

En aquella primera “ordenanza de la Cruz”, se señalaba a los cruzoob liberar el rancho de Barrera, Kampokobché, con mil armas de mil guerreros. El cuatro de enero de 1851 se cumplió la orden, misma que culminó en una derrota estrepitosa de los insurrectos, pero lo peor se dio dos meses y medio después. Los ladinos yucatecos, al saber del nuevo culto, irrumpieron con sus tropas el 23 de marzo de 1851 en el villorrio de Chan Santa Cruz donde se iniciaba el culto, matando a Manuel Nahuat, que se defendió a machetazos infructuosos, y desbandando a los cruzoob, incluido Barrera. La muerte del ventrílocuo, dio como resultado que el primitivo culto fuera modificado en sus formas, y llevado al culmen por Juan de la Cruz Puc, segundo profeta que tuviera la Cruz, y que había venido de Xocen, el pueblo en el centro del mundo, para dedicarse a redactar las cartas que dictaba La Santísima.

            Tanto Macedonio Tut como Novelo, sin ser ampliamente aceptados sus medios (sacerdote, Virgen), intentaron “revitalizar” los ánimos del grupo de mayas rebeldes a través de elementos religiosos, apelando a la fuerte religiosidad de los sublevados. Esta es la idea que Anthony Wallace, citado por Anne K. Bennet (1970, p. 22), considera de los movimientos de revitalización, como puede ser entendido al culto a la Cruz Parlante para solidificar los amarres de un pueblo que se creaba: “son esfuerzos deliberados y organizados de algunos miembros de una sociedad para estructurar una cultura más satisfactoria mediante la rápida acepción de un patrón de múltiples innovaciones”. La explicación a esta respuesta pírrica dada por los insurrectos tanto a Tut como a Novelo, se debía a que sus “elementos no proporcionaban la seguridad de una continuidad entre su cultura ancestral y su vivencia presente. Es decir, no había elementos que unieran el pasado con el presente y lo proyectaran hacia el futuro” (Lizama, 1995: 65), pues el cura y la Virgen, aunque aceptados y reformulados por los indígenas, eran elementos de la cultura invasora contra la cual peleaban. “Por tanto, se necesitaba un fenómeno que diera esa referencia, que uniera y sintetizara en él mismo una historia común y, de este modo, reforzara la identidad, cohesionara al grupo y le diera los elementos que permitieran que la cultura se perpetuara. Este elemento fue la Cruz Parlante” (idem). 

            A la cruz primera, la de Manuel Nahuat, le brotaron como retoños otras tres cruces hijas, que siguieron enviando a los creyentes cartas transcritas en maya y firmada por Juan de la Cruz tres personas. Juan de la Cruz Puc era un indígena de temperamento místico que se hacía pasar como el elegido para transcribir al papel lo que le dictaban las cruces, pues había sido nombrado ministro de ellas con la facultad de entrar al cielo para conversar con Dios, sus ángeles y los querubines. Cada carta que firmaba tenía su nombre junto con tres crucecitas. Con el tiempo, Puc llegó a ser considerado como el mismo Jesucristo, dándose en ocasiones los nombres de “Hijo de Dios”, “Creador de los Cristianos”, “Yo, Nuestros Señor Jesucristo”, o “La Santa Cruz” (Villa Rojas, 1978: 101). Preguntándose por su identidad, Bricker (1993:209) se cuestionó quién fue Juan de la Cruz, respondiéndose que los historiadores del conflicto, como Reed, González Navarro y Molina Solís, tal vez consideren que “Juan de la Cruz” se trata en realidad de un seudónimo de Venancio Puc, quien fue el jefe principal del movimiento entre 1852 y 1863. Venancio Puc, quien bajo su mando, la Cruz Parlante y Chan Santa Cruz llegaron bajo su máximo apogeo, fue muerto por Crescencio Poot en 1863, coincidiendo exactamente su muerte con el decaimiento del culto en 1864, cuando los enemigos de Puc, los generales Dionisio Zapata y Leandro Santos, expresaron ante la comunidad cruzoob que la voz de la Cruz no era divina sino humana (Careaga, 1981: 68).No obstante, Bricker (1993, p. 212) considera que Atanasio Puc era la persona detrás del Juan de la Cruz. 

            Pero el culto sigue y seguirá: cuando Bravo entraba al santuario, los últimos combatientes cruzoob invocaron a la Cruz guerrera. En el amplio repertorio del maestro violinista de la Maya Pax, Vicente Ek Catzín (q.e.p.d), hay un trozo de canción muy reveladora, que tal vez indique los últimos momentos en que los santacruceños se enfrentaron con las tropas que mandó don Porfirio a sus selvas: “¡Que viva la Santísima Cruz!…pobrecitos mexicanos, ¡qué viva Noh Cah Balam Nah…ay ay ay aaaayyyy, machete….ay ay aaaayyyy, sin balas”. 

            Y estos son unos fragmentos de una melodía numantina: sin balas, sin parque, con el limpio acero del machete, los últimos defensores de la Cruz Parlante señalaban eso, encaraban a la muerte con la victoria hasta en la derrota misma. En Xcacal Guardia, restos del culto a las cruces seguían enviando sus mensajes en maya en la década de 1930. Y aún ahora, en los santuarios del territorio cruzoob, los más viejos que aún conservan la costumbre, siguen velando y cuidando a la Santísima, la que posibilitó el inicio del pueblo de la Cruz Parlante.

Bibliografía consultada

Bartolomé, Miguel Alberto.

1992. La dinámica social de los mayas de Yucatán, México, Conaculta-INI. 

_____________________y Alicia Mabel Barabas 

1977. La resistencia maya. Relaciones interétnicas en el oriente de la Península de Yucatán, México, INAH. 

Bennett, Anne K.

1970. “La Cruz Parlante”, en Estudios de Cultura Maya. Vol. VIII. Facultad de Filosofía y Letras/ Coordinación de Humanidades, Centro de Estudios Mayas, UNAM.       

Bricker, Victoria R.

1993. El Cristo indígena, el Rey nativo. El sustrato histórico de la mitología del ritual de los mayas. México, Fondo de Cultura Económica.

Careaga, Lorena.

1998. Hierofanía combatiente. Lucha, simbolismo y religiosidad en la Guerra de Castas. México, UQROO-Conacyt.

1981 Chan Santa Cruz: Historia de una comunidad cimarrona de Quintana Roo. México, Tesis de Licenciatura en Antropología Social, Universidad Iberoamericana.

 Dumond, Don E.

2005. El machete y la cruz. La sublevación de campesinos en Yucatán. México, UNAM-Plumsock Mesoamerican Studies-Maya Educational Foundation.

Lizama Quijano, Jesús.

1995. Ka Yum Sma Cruz: El sustrato identitario de los mayas cruzoob. Mérida, Tesis de licenciatura en Ciencias Antropológicas, UADY.

Reed, Nelson

2002. “Juan de la Cruz y la Cruz Parlante”, en Tercer Congreso Internacional de mayistas. Memoria (9 al 15 de julio de 1995), México, UNAM y UQROO, tomo II. 

Villa Rojas, Alfonso

1992 y 1978. Los elegidos de Dios. Etnografía de los mayas de Quintana Roo. México, INI.


[1] En El machete y la Cruz, Dumond (2005: 275) apunta un dato interesante de este apellido náhuatl mayanizado del primer intérprete de la Cruz, ya que una palabra afín, nahuati, designa ciertas formas de hablar. Haciéndonos la pregunta que Bricker se hiciera, ¿era una simple coincidencia que el primer intérprete de la Cruz tuviera ese apellido?

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