Opinión

| TIERRA DE CHICLE | La Iglesia que construyeron esclavos blancos en Quintana Roo

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Iglesia Balam Nah

Por Gilberto Avilez

En trescientos años de conquista y colonización en Yucatán, el mundo maya modificó muchas de sus pautas culturales para adaptarse y recrearse a la nueva situación colonial. Sabemos que una de los paisajes más significativos de los pueblos yucatecos y peninsulares en la actualidad, tiene que ver con las construcciones arquitectónicas religiosas coloniales. Al menos en la parte norte de lo que hoy es la moderna Península de Yucatán, Roma y la corona castellana, durante la “conquista espiritual” de México, habían impuesto su presencia al construir iglesias, capillas, conventos, en los múltiples pueblos “bajo campana” que se formarían con las políticas de congregación de mediados del siglo XVI.

Quintana Roo, que durante mucho tiempo fue considerado “montaña” o zona despoblada, no es la excepción a esa fiebre de construcción sacra. Basta citar las iglesias y capillas que entraban en la jurisdicción yucateca momentos antes de la Guerra de Castas, como X-Querol, Sacalaca, Sabán, X-Cabil, pero igual Kankabchén, San Antonio Tuk, Chunhuhub o Bacalar. En el norte de Quintana Roo, existe una iglesia frente a Islas Contoy, comida por la selva, por pantanos, marinas y el Caribe: la solitaria Boca Iglesias, construida en el lejano siglo XVI con piedras labradas de los adoratorios defenestrados de los mayas del oriente de Ekab. También, en la Península, se construyó la primera iglesia catedral entre 1562 y 1598, la de San Ildefonso, en Mérida. Además, una serie de conventos, como las soberbias moles de piedra y argamasa de Izamal, Maní y el convento de San Bernardino de Siena de Valladolid, fueron las puntas de lanza donde irradiaron su fe los “extranjeros de barbas rubicundas”, “los hombres de color claro”, a la tierra del Mayab. Los libros del Chilam Balam son exactos para calibrar la medida del sufrimiento y de la esclavitud de los hombres, mujeres y niños mayas, durante los años de la construcción de un nuevo paisaje posterior a la conquista:

“¡Ay! ¡Entristezcámonos porque vinieron, porque llegaron los grandes amontonadores de piedras, los grandes amontonadores de vigas para construir! […] Reunión de piedras será Su enseñanza, reunión de piedras será Su hablar.”[1]

“Los grandes amontonadores de piedra” tenían como brazos cautivos a los mayas. Eso mismo pasó en el centro del país, con la construcción de la nueva ciudad imperial de los conquistadores, México-Tenochtitlan, que como comenta Fray Toribio de Benavente, su erección movilizó a un gentío de masas indígenas, desencadenando hambres y pestes, que se aunaron con otras calamidades producidas por la conquista y que mermó al final su número.[2]

Los mayas, como venían haciendo desde tiempos inmemoriales en los que gobernaban los linajes Itzá, Cocom o Xiu, o mucho más antes, con el rey Pacal de Palenque, venían de una larga escuela de arquitectura, de sensibilidad artística, y destreza para levantar pirámides, o hacer caminos atemporales como los “sacbeobs”, los caminos blancos, o los ingeniosos chultunes. En ese sentido, ¿qué tanto significó para los mayas erigir nuevos templos con otros dioses y otros sacerdotes? De los viejos sacbeobs, los caminos españoles fueron su continuación y su modificación;  y en los retablos cristianos, o detrás de ellos, en los contrafuertes, en las bóvedas o casonas señoriales, la destreza de la arquitectura maya rápidamente se apropió y aprendió de las nuevas técnicas de construcción castellanas, plantándoles a sus santos, más de un dios de su todavía cercana creencia. Y lo que dice Carlos Fuentes para el centro de México, vale lo mismo para Yucatán: “Cayeron los templos, las insignias, los trofeos. Cayeron los mismísimos dioses. Y al día siguiente de la derrota, con las piedras de los templos indios, comenzamos a edificar las iglesias cristianas”.[3]

Maestros albañiles,  los mayas levantarían casi todas las iglesias de los pueblos de la Península. Su destreza sería reconocida por estudiosos modernos del arte sacro, como el erudito Miguel A. Bretos, quien tal vez fue el primero en llamarnos la atención, de las obras de un maestro cantero que trabajó en la región de Ichmul, Petulillo, Sacalaca y hasta Tihosuco: Pascual Estrella, quien sin duda, o era mestizo, o era indígena legítimo que vivió entre fines del siglo XVIII y principios del XIX, y trabajó en los retoques finales de las iglesias que se construyeron durante el último tramo de la etapa colonial. Las pilas bautismales de Pascual Estrella, o Pascual Ek, aún causan asombro, pues precisamente su legado sobrevivió los años terribles de la Guerra de Castas, cuando varios templos católicos ardieron para posteriormente ser comidos por la selva.

Paseo por México | Parroquia de la Santa Cruz en Felipe Carrillo Puerto

Fue esta escuela de maestros canteros, arquitectos líricos, albañiles exquisitos, que una vez iniciado el conflicto armado de la medianía del XIX, y una vez que los mayas se replegaron a los bosques orientales donde se les aparecería la cruz parlante, iniciarían el culto que los unificaría como pueblo elegido. Chan Santa Cruz, se convertiría en la capital del único estado nativo de las Américas que fue independiente y que ejerció el poder indígena por más de tres generaciones. Los hombres y mujeres que se levantaron en armas, que pelearon una guerra de guerrillas, que sobrevivieron estragos y hecatombes durante los años del repliegue en la primera mitad de la década de 1850, no eran, como lo establecía la prensa racista de Mérida de esos años, unos “indios bárbaros”, sino que llevaron a las selvas orientales una rica tradición arquitectónica, cuyas obras que se realizarían entre fines de 1850 y la década de 1870, demostrarían un fuerte mestizaje cultural producido en 350 años de colonialismo y post-colonialismo. Bretos menciona esto en un pasaje de su libro, hablando de la iglesia de Chan Santa Cruz:

“La mera construcción de la iglesia de la Cruz bajo las circunstancias[4] demuestra la supervivencia de una significativa capacidad constructiva y artesanal nativa hacia la segunda mitad del siglo XIX. Que los mayas de Yucatán en su enclave rebelde de la región quintanarroense hayan incidido en replicar formas arquitectónicas europeas revela el grado al cual dichas formas habían sido internalizadas por el pueblo como esencialmente significativas y válidas. Los cruzob, después de todo, no construyeron una plataforma precolombina ni cosa por el estilo, sino una iglesia cristiana…”[5]

A esta iglesia cristiana la llamaron Balam Nah, la casa del Dios o la casa del tigre. Su construcción duró aproximadamente 10 años; o poco más, o poco menos. Iba a ser la que sustituiría a la primera Balam Nah, la que levantó José María Barrera a 50 pasos al este de la gruta donde en un caobo o cedro se le habían aparecido las tres cruces primeras del culto. El primer altar era al aire libre. Un segundo altar fue una cabaña con techo de paja ubicada en el mismo lugar del primero. La tercera, la Balam Nah actual, la que está en el centro de lo que hoy es Felipe Carrillo Puerto, se hizo a 400 metros hacia el sudeste de la gruta y a medio camino de un cenote mayor. Ahí, con un suelo menos abrupto, más plano, se construyó una iglesia digna de la majestad de la Cruz guerrera, una iglesia hecha de piedra que abundaba en esos andurriales, de mortero, de cal y canto. Unos ponen la fecha de 1858, fatídica para Bacalar, del inicio de su construcción, y otros hablan de 1860, pero de lo que sí podemos estar seguros es de los años de su virtual terminación. Hay una estampa que encontramos en un periódico meridano donde se señala a la nueva iglesia de los cruzob: “La iglesia de Santa Cruz está ya terminada en lo principal, faltando únicamente el reboco[6] interior y exterior de las paredes, por cuyo motivo aún se conservan los andamios ó aparatos de madera necesarios para el efecto”.[7]

Al parecer, los meridanos y vallisoletanos, por sus incursiones infructuosas al territorio cruzob, tenían mucho conocimiento de las empresas arquitectónicas que efectuaban los cruzob para esos años. Los saqueos que los cruzob harían contra los pueblos de frontera, como en septiembre de 1857 en Tekax, o en febrero de 1858 a la lejana villa de Bacalar, sirvieron no solo para avituallarse de una diversa gama de artefactos para intercambiar en Honduras Británica por armas, pólvora y otras quincallas menos bélicas, sino que el material que saqueaban comenzaron a ser enviados a Santa Cruz para sus proyectos urbanísticos. Una vez caída Bacalar, en febrero de 1858, mucho del material de sus casas e iglesia, fueron enviadas a Santa Cruz. La caída de Bacalar marcaría el inicio del posicionamiento urbanístico de Santa Cruz, al mismo tiempo que se terminaría por convertir en una base fortificada para proteger la vía comercial con los socios ingleses.

            En la mente de los generales y líderes cruzob, la capital rebelde debía de esplender con toda su mayestática sacralidad, mientras los pueblos yucatecos cercanos a su territorio iban irrefrenablemente a ser eliminados: ocho años después de la caída de Bacalar, Tihosuco fue sitiado, y los obuses de guerra defenestraron su iglesia. Caen unas iglesias con sus pueblos, y la de los “elegidos de Dios” se sigue construyendo.

            El Balam Nah sería una iglesia de traza ambiciosa, con 30 metros de largo y 18 de ancho, con paredes macizas, abundante mortero, cinco contrafuertes reforzándola, cinco arcos, bóveda y una altura de 12 metros. Iglesia que tendría hasta el famoso “paso de gallina”, como todas las iglesias yucatecas, que fueron destinados a la defensa. Bretos opina que el “sencillo frontis” y todo el conjunto, así como los edificios aledaños a la iglesia, le daban un “linaje hispano-yucateco”, con un aire “marcadamente peninsular”. Una iglesia en medio de la jungla no sería la primera, pero sí tal vez la última que fue construida en la Península bajo esas ásperas y candentes geografías: el Balam Nah sería alminar y atalaya para dominar una línea de horizonte, y su testa sobresaldría de las copas de los árboles, dando una “visión inesperada”[8] al caminante.

Parroquia Santa Cruz Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo | Mapio.net

Si no fue la primera en su tipo, sí fue la última en ser construida con ese “estilo colonial”, pero aquí ya no sería obra de los curas o frailes la idea de su construcción, sino de los mayas mismos, y tampoco sería solamente la población indígena la encargada de los trabajos de albañilería y de las cargas más pesadas. En agradecimiento a la cruz por las victorias obtenidas, a la capital rebelde, “una copia externa de una población ladina dispuesta por un Tatich a medio aculturar”[9], las correrías de los cruzob comenzarían a traer a su santuario a “esclavos blancos” para trabajar en el levantamiento de la iglesia, o para aplanar la nueva ciudad. Esclavos blancos fueron tanto mujeres, hombres y niños. Las primeras trabajarían en las casas de los “tatiches”, y algunas se casarían o se abarraganarían con los jefes. Los hombres serían puestos en las faenas del campo, en los ranchos de los jefes, o llevando piedra, hacer la cal y mortero, para los edificios nuevos como el Balam Nah.

A partir de 1858, los cruzob dejaron de matar a todos los que se encontraban en sus razias a los pueblos de frontera, y buscarían cautivos explícitamente para trabajar en sus obras públicas en el territorio rebelde. Albañiles, picapedreros, cargadores, mezclaban la arcilla y la cal para el Balam Nah, y en 1868 todavía trabajaban nueve meses antes de ser enviados a los trabajos del campo de los ranchos de los jefes mayas. Como dijo Reed en su ya clásico libro: “Los papeles habíanse invertidos por completo: el amo se había vuelto esclavo y el esclavo amo, con látigo y pistola en mano”.[10] Reed no erraba en su apreciación: los cruzob, con un cristianismo mesoamericano, se habían convertidos en lo que antes habían execrado sus abuelos: en “grandes amontonadores de piedras”, en “grandes amontonadores de vigas para construir”.


[1]  El Libro de los Libros de Chilam Balam. Alfredo Barrera Vásquez y Silvia Rendón. FCE. México. 1974. Pp. 68-70. En la nota para explicar esta frase, Barrera Vásquez y Silvia Rendón apuntan: “Se hace referencia aquí al excesivo trabajo a que fueron sometidos los nativos cuando se construyeron los templos, especialmente la Catedral de Mérida”. P. 169.

[2] Hablando en metáforas bíblicas, Motolinía establece una serie de “diez plagas” con que Dios hirió “y castigó esta tierra” del Anáhuac, tanto a “naturales” como “extranjeros”, que mermaron la población a partir de la conquista, y más hacia los pueblos indígenas. “La séptima plaga fue la edificación de la gran ciudad de México, en la cual los primeros años andaba más gente que en la edificación del templo de Jerusalén, porque era tanta la gente que andaba en las obras que apenas podía hombre romper por algunas calles y calzadas, aunque son muy anchas; y en las obras a unos tomaban las vigas, otros caían de alto, a otros tomaban debajo los edificios que deshacían en una parte para hacer en otra, en especial cuando deshicieron los templos principales del demonio. Allí murieron muchos indios, y tardaron muchos años hasta los arrancar de cepa, de los cuales salió infinidad de piedra”. Historia de los Indios de la Nueva España / Fray Toribio de Benavente ; edición de Claudio Esteva Fabregat. Madrid : Dastin historia ; [S.l.] : Promo libro, DL 2003. – 1 vol. (331 p.) : couv. et jaquette ill. en coul. ; 22 cm. – (Crónicas de América ; 17), pp. 73-74.

[3] Carlos Fuentes. Los cinco soles de México. Memoria de un milenio. Seix Barral Biblioteca Breve. México. 2000, p. 43.

[4] Por supuesto, circunstancias de guerra.

[5] Miguel A. Bretos. Iglesias de Yucatán. Editorial Dante. Mérida, p. 151.

[6]El revoco es el “revestimiento continuo con mortero de cal, yeso y en ocasiones cemento, que se aplica en las fachadas sobre un enfoscado”. RAE.

[7] La Razón del Pueblo. Mérida. Marzo 29 de 1871.

[8] Nelson Reed. La Guerra de Castas de Yucatán. ERA. México. 1971, p. 176.

[9] Nelson Reed…

[10] Nelson Reed, p. 176.

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