Opinión

TIERRA DE CHICLE: El debate: ¿Y La cultura, la identidad y el arte?

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El debate

Por Gilberto Avilez Tax

En el pasado debate entre las y los candidatos para la gubernatura de Quintana Roo hubieron varios temas pendientes en la agenda local que fueron apenas tocados en lo mínimo: apuntados con escasas cifras, unas dos frases inconexas de preocupación impostada, poca autocrítica al desastre de lo que se ha hecho en materia de salud (el inoperante “sistema” de salud en Quintana Roo que fue completamente cuestionado durante la pandemia y mucho antes de que ésta se presentara[1]), y ya ni se diga de la ola de muerte y devastación que ha producido el crimen organizado durante estas dos últimas décadas en el caribe mexicano.

Pareciera que tenemos candidatos que, viviendo en una burbuja de confort y comodidad, poco les importa la lancinante realidad, la terrible realidad en la que se desenvuelven las vidas de muchos quintanarroenses. Nadie, incluso, ha tomado en serio lo que durante estos dos últimos años hemos pasado: las desgarraduras en el sistema de salud estatal (y más en zonas indígenas), las atrocidades que se cometen incluso en hoteles en construcción (las fosas comunes ahítas de cuerpos de albañiles), el turismo extractivista que en los momentos más duros de la pandemia, optó mejor por desaparecer en vez de solidarizarse con los trabajadores.

            Esos son algunos temas que, desde luego, es difícil que candidatos y candidatas que crecieron y se arrejuntaron en el viejo y todavía presente sistema político de la cultura política del “hago como administro el desastre”, del “hago como atendemos el desastre”, en verdad respondieran con un análisis serio, con un conocimiento profundo para modificar el pacto social, económico, político y turístico en el que Quintana Roo ha sido construido desde hace 40 años, cuando se dio el “giro neoliberal” desde el centro del país y los buitres de fuera y de dentro comenzaron a mellar el banquete que el turismo disponía vía las privatizaciones de tierras y playas, concesiones de todo tipo, cambios de suelos, erecciones de hoteles a costa del desastre ecológico, venta y contraventas de los recursos naturales vía las amañadas “áreas naturales” protegidas mientras no llegue la hora de su venta en lingotes de oro.

            Sin embargo, no me voy a referir, en este pequeño artículo de opinión, a lo que en diversas ocasiones hemos tratado en anteriores entregas de esta columna. Deseo referirme exclusivamente a cómo se avizora la cultura, el arte y la identidad quintanarroense, en los próximos años, y sirva esto para dar unas ideas para reforzar estas temáticas. Por supuesto, esto es una opinión hecha con indicios de lo que pude rescatar del debate de las y los candidatos a la gubernatura.

En primera, hay que decir que casi nada –quitémosle ese casi- dijeron respecto a cómo reforzar la cultura –me refiero, por supuesto, no a la cultura en general que entienden los antropólogos, sino a los elementos materiales, intelectuales de la alta, baja, popular y selectiva cultura-, y sus correlatos artísticos que, desde luego, abonan para la construcción identitaria del estado. Me explico: estoy convencido de que mucho de la identidad del mexicano, ha sido moldeado por obras torales y fundantes de unos dos que tres autores. No entiendo México sin la mirada de Octavio Paz, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco o Elena Poniatowska. En ese sentido, igual puedo decir que no entiendo Yucatán sin las obras de Ermilo Abreu Gómez, Antonio Mediz Bolio o la obra de rescatador del pasado histórico que hizo momentos previos a la Guerra de Castas, don Justo Sierra O’Reilly. La pregunta clave es, en ese tenor, la siguiente, ¿cómo podemos dar a conocer, al gran público, las obras de estos autores cuando se pone demasiado énfasis en la No-Lectura desde los sistemas más elementales de enseñanza, o cuando entendemos y comprobamos que los procesos educativos actuales –sin nombrar el aura fastidiosa de la politización de la educación- dificultan y dispersan la erección de una cultura sólida que solo es posible de desarrollarse fuera de los recintos educativos tradicionales?

Me refiero, por supuesto, a las bibliotecas, librerías, cafés o lugares de intercambio de libros. En Quintana Roo tenemos el caso de que hasta en eso de las bibliotecas, ha habido simulaciones al por mayor. Hay bibliotecas públicas municipales que nadie visita, ya hasta ni los niños, adolescentes o jóvenes. Desde que la internet llegó a un público que jamás había pasado por la era gutembergiana (como es el grueso de México), la cultura libresca vive sus momentos de crisis entre el público indocto: ¡y qué bueno!, porque esta cultura nunca fue de masas sino de minorías. No por nada, entre los mayas y otros pueblos indígenas y de casi todo el mundo, durante la mayoría de tiempo que llevamos de historia humana, los escribas y los lectores siempre fueron una minoría, una élite reducidísima a la que generalmente se le veía y ve con suspicacia, recelo de los lerdos, y a los cuales se les ensambenitaba los más estrambóticos adjetivos que  desembocaban, con frecuencia, de que se trataba de brujos, lectores de magia negra, frecuentadores de cosas ocultas y almas perdidas por las letras. Ahí tenemos el caso de la actual No-Biblioteca Javier Rojo Gómez, “reinaugurado”, con bombo y platillo, durante este sexenio que finaliza, en junio del año pasado, durante el segundo año de pandemia.

Recordemos que a fines del año 2015, debido a unas fuertes lluvias que inundaron Chetumal por la torpeza de haber expandido la mancha urbana de esa ciudad a zonas de mangles y sabanas, la Biblioteca Javier Rojo Gómez fue inundada, y muchos de los libros que contenía –con obras de lo mejor de la literatura regional, nacional y universal, así como otras ramas de las humanidades y el conocimiento humano- fueron comidos por las aguas, aunque también me dijeron que simplemente fueron puestos todos –incluso los que se podían salvar- en camiones de redilas del gobierno, apilados como si fueran tablas podridas, y fueron tirados en un cementerio de libros improvisados que fue el basurero municipal. No un incendio clásico que ha quemado innumerables bibliotecas de la humanidad (desde la de Alejandría hasta la de la célebre biblioteca de la Duquesa Anna Amalia de Weimar), sino algo que abunda en el trópico, el agua torrencial y ciclónica, así como el desprecio fascista de las autoridades por la cultura, llevaron a estos pobres libros que alguna vez leí en mis años formativos, a terminar sus días bajo la mierda y los detritus de una ciudad.[2] En el boletín oficial del 22 de junio de 2021, se leía que la Biblioteca Rojo Gómez, ya reinaugurada, ya “totalmente modernizada, será un espacio para amantes del conocimiento, la investigación y la literatura”.[3]  Meses después, visité la Rojo Gómez pensando que los libros que conocí y que disfruté 15 años atrás, aún estarían ahí, en nuevos estantes, esperando un enésimo encuentro conmigo. No era tan optimista, sabía que era mucho esperar. Y, efectivamente, la Rojo Gómez, la remozada Rojo Gómez, es todo pero menos una biblioteca: los libros que contiene –muchos manuales viejos de mecánica, algunos de textos de disciplinas ya periclitadas, ninguna novela interesante-, los cinco estantes –de los muchos que una vez contuvo- no eran sino una cosa inconexa de libros que el público buenamente donó, pero que francamente no aportaban gran cosa a lo que en tiempos anteriores significó esa biblioteca. Se trataba del clásico caso de la simulación política: se inauguró un cascarón vacío donde los libros eran lo que menos importaban. Apenas hace unos tres años, escribí algunas propuestas para reforzar el sistema cultural en el estado. Dije lo siguiente:

“Creo que hay que ir más allá de la antigua Biblioteca Javier Rojo Gómez y crear una biblioteca general donde se conjunte toda la información hasta ahora producida a nivel glocal. Desde luego, tendrían cabida los intereses generales de cultura de los quintanarroenses: alta y baja literatura, historia, economía, antropología, derecho, todas las ciencias humanas estarían ahí, en esa biblioteca finita (no infinita) que definiría el futuro de la cultura y la identidad de los quintanarroenses. Los pocos nostálgicos de la Rojo Gómez queremos biblioteca estatal en Chetumal, pero no una biblioteca cualquiera. ¡Una gran biblioteca hace falta en este estado!, con un Fondo Quintana Roo, hemeroteca, archivos, audio-tecas de futuros archivos de la palabra. Del mismo modo, en esta futura biblioteca estarían los archivos y bibliotecas privadas que escritores, autores y demás lectores quintanarroenses (no exclusivamente), decidan donar. Pienso en el acervo que dejó el historiador de Chetumal, don Francisco Bautista Pérez, como ejemplo. Ahí está el magnífico ejemplo de la Biblioteca Yucatanense:[4] en ese repositorio meridano se guarda toda la producción escrita sobre las cosas de Yucatán. Hace falta un Fondo Quintanarroense donde se conjunte, almacene, digitalice, y se dé a conocer al gran público lo hasta ahora escrito sobre las cosas de Quintana Roo, en más de 100 años de Territorio a Estado. Existen bibliografías ya elaboradas (las de Luz del Carmen Vallarta Vélez y Lorena Careaga), falta que le demos un tiempo y reactualicemos el acervo”.[5]

Además de esto de las bibliotecas con el que se puede reforzar la cultura, las artes y la identidad quintanarroense, apunto algunas ideas que se pueden poner en práctica en este estado:

  1. El rescate de los archivos. Archivos tanto municipales, locales, archivos personales; la digitalización completa del Fondo Territorio de Quintana Roo y otros fondos del Archivo General del Estado de Quintana Roo.
  2. El reforzamiento, modernización, mayor infraestructura y profesionalización del servicio de las bibliotecas municipales.
  3. La digitalización del acervo bibliográfico y hemerográfico del Archivo General del Estado de Quintana Roo.
  4. La creación de un sistema estatal y municipal editorial, donde escritores del estado puedan tener posibilidad de publicar sus obras.

Existen innumerables ideas que podrían reforzar y ampliar estas, pero dejemos hasta aquí el análisis.


[1] https://www.mexicosocial.org/los-estados-con-los-peores-servicios-de-salud/ 

[2] Sobre la destrucción por agua de la biblioteca Rojo Gómez, escribí hace unos años, este artículo: http://gilbertoavileztax.blogspot.com/2015/12/epitafio-para-una-biblioteca-chetumalena.html

[3] http://cgc.qroo.gob.mx/ya-esta-al-servicio-de-la-comunidad-la-biblioteca-javier-rojo-gomez-carlos-joaquin/ 

[4] Véase su página digital: http://www.bibliotecavirtualdeyucatan.com.mx/

[5] https://gilbertoavileztaxyucatan.blogspot.com/2019/02/elogio-de-las-bibliotecas-publicas-que.html 

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