Opinión

| TIERRA DE CHICLE | El regreso de Siete Jorobas

Siete Jorobas. Obra del pintor josemariamorelense, Roberto Hernández Tun. Exclusivo para Noticaribe Peninsular

Por Gilberto Avilez Tax

Uno de los aportes establecidos por los estudiosos del mito, podría hacer que lo entendiéramos  con eso que don Alfredo López Austin denomina como el “núcleo duro de la tradición mesoamericana”. No me quiero meter al análisis minucioso y, por lo demás, aburrido, de la teorética del mito de la serpiente en el cosmos maya. Basta aceptar la idea primigenia del poeta y mayista meridano, don José Díaz Bolio, que llegó a sintetizar el culto a la serpiente emplumada (una mítica cascabel) como el eje por donde transcurrió la cultura de los mayas, olmecas y toltecas, pasando de ser más que un símbolo, a convertirse en un tótem divino. Basta establecer, también una idea, o si se quiere, un hecho indubitable signado por los marcos de la historia del pueblo maya que, con más de tres milenios por la senda abierta en el tiempo, ha llegado hasta aquí, en este siglo XXI de caótica, pandémica trasmutación y ocaso de los antiguos ídolos de la globalización, en medio de una crisis, una recurrente crisis cíclica, de los modos de pensar tradicionales enfrentados con la desruralización creciente (o en Quintana Roo, la turistización- xcaretización de la realidad), el hiato generacional (abuelos mayeros y nietos monolingües del castellano), la pérdida del compartimento lingüístico, o los afanes incesantes de las “modernidades” económicas enquistadas en las premodernidades políticas.

Sin embargo, a pesar de todo este pelaje y estos accidentes del tiempo, el estudioso interesado en la gran literatura maya y sobre temas mayas[1] que se escribe en la actualidad, puede asentir con las ideas de Wildernain Villegas Carrillo: buena parte de esta literatura nutre sus raíces del vaso comunicante de la tradición oral.[2] De esa persistencia de la memoria, mitos como el de la serpiente tsukán, estudiado primeramente por el gran mitólogo meridano Carlos Augusto Evia Cervantes,[3] nos dan atisbos de esta terca persistencia en el ser: el mito antiguo, las creencias cosmogónicas, la serpiente de visión del periodo preclásico tardío maya, llamada por los arqueólogos Waxaklahún-Ubah-Kan,[4] perviven en el mito de la Tsukán, o bien, en la “K’ukis kaan o k’uk’ik’an (Kukulcán), nombre con el que se designa en los parajes de Sacalaca y José María Morelos, a la Tsukán.[5]

La memoria es la respuesta última, la respuesta primera, a lo que ya no está. Y la memoria colectiva constituye un hito, no sé si el más importante, en la lucha por el poder entre las fuerzas sociales. “Apoderarse de la memoria y del olvido –dice Jacques Le Goff- es una de las máximas preocupaciones de las clases, los grupos, de los individuos que han dominado y dominan las sociedades históricas. Los olvidos, los silencios de la historia son reveladores de estos mecanismos de manipulación de la memoria colectiva”. Frente al apoderamiento de la memoria que comenzaría con el tajo cercenador de la conquista y colonización en Yucatán, los mayas apelaron a la memoria y a la palabra conjurante, para reconstruir lo perdido: la tradición oral, de donde se nutre la actual y pasada literatura, desde los libros de los chilames hasta la poesía más sofisticada y reciente de Villegas Carrillo, es un ejemplo paradigmático de ello. Dice el Chilam:

Triste estará la palabra de Hunab Ku,

Única-deidad, para nosotros,

cuando se extienda por toda la tierra

La palabra del Dios de los cielos.

Villegas Carrillo contesta siglos después:

Junabku, Kukulkan, Itsamna,

los retoño en la sangre,

los llamo en la plegaria del norte.

Mi corazón, cirio que no se apaga, su aroma alimenta deidades.[6]

Y esta memoria del mundo antiguo, pervive, con algunos retazos, girones y mimetismos del mundo occidental, aunque, concordando con los autores de El cosmos maya, el pensamiento maya, cuestionado desde la implantación de estructuras de dominio colonial, aún reverdece en los nuevos cantos de la ceiba y en los relatos que todavía podemos rescatar y poner en papel los escritores costumbristas interesados en la riqueza de la oralidad de los pueblos. Un relato, para mí uno de los más importantes, tiene que ver con la serpiente emplumada o el mito de la serpiente que cuida las aguas en la Península, y que tiene otros avatares, como el relato  de la terrible Hapai Kan, contada de forma magistral por Domingo Dzul Poot, haciendo eco a una tradición oída de su madre: la hapai kan era una serpiente alada gigantesca que vivía en una caverna cenagosa cercana a la vieja Uxmal, y que para agosto –la canícula- alzaba el vuelo y se iba a recorrer las cuatro esquinas del mundo, y en su trayecto esparcía “una sarna o pelusa maligna parecida al tamo del maíz”, que dejaba “putrefactos todos los lugares de las aguas y de los sembrados. Eso enferma la barriga de todos los hombres y hasta la de los animales. Hay lugares donde a los árboles mata y hasta llega a matar a los hombres”.[7]

Carlos Augusto Evia Cervantes, quien, como hemos dicho, ha trabajado el mito subsistente de la tsukán en la tradición oral del pueblo maya yucateco, dice de esta serpiente que cuida las grutas y los cenotes, que “es tan grande que su cuerpo es como el tronco de un árbol y su cabeza es como la de un caballo” y que cuenta con crines. La tsukán vive, cuida y es dueña de un cenote o gruta. Cuando ya están viejas, a las serpientes tsukanes les crecen alas y vuelan hacia el mar donde se retiran para morir.[8] En su libro Yucatán insólito, el polígrafo meridano, Roldán Peniche Barrera, recogió el caso curioso de una “hermosa víbora” con cabeza de perro que persiguió a un cazador en el rancho X-Eb, a 42 kilómetros de Valladolid, pero lo que consigna don Roldán, es el registro hemerográfico de una serpiente tsukán que fue ultimada en los terrenos del rancho Hobonil por el mismo alcalde de Tzucacab, Enrique Vargas. Esta insólita serpiente, refería el corresponsal del Diario de Yucatán en el año de 1931, medía 14 metros de largo “y tenía una crin como la de los caballos”. 8 tiros se tuvieron que hacer para matarla, y cuando la serpiente se desenroscó, Vargas pudo ver que tenía 55 hijos esa tsukán.[9]

La serpiente de la laguna Chichankanab   

Atrapado por el mito de esta serpiente con la cabeza de caballo que vive en los cenotes, que es inmensa, que tiene crines como de un equino y que les crecen alas y surcan los cielos para ir al mar a morir, a lo largo del 2013 hice una serie de entrevistas con campesinos y chicleros del sur de Yucatán, y la tsukán varias veces apareció en los relatos de los viejos gambusinos de la selva. Pero, sin duda, el mito que más me caló hondo, fue el de una inmensa serpiente que tiene su casa en la laguna Chichankanab y que, al mover su inmenso cuerpo serpentino, hacía oxigenar esa laguna. En un apartado de un trabajo sobre este tema, escribí que las viejas costumbres, tradiciones y mitos de los mayas chicleros, poblaron la selva quintanarroense al subir a la chicleada anual:

Los chicleros de Peto –mayas la mayoría- a los que entrevisté, llevaron a k’ak’as iik’ convertido en paludismo o mal viento, desenterraron “tesoros” en los mules o “ruinas” que se encontraban en medio de la selva, vieron a la serpiente tsukán cuidar los cenotes o pasear entre los árboles de la Montaña con su milenaria cabeza de caballo, seguramente se encontraron a la inmensa serpiente prehistórica de la “Siete Jorobas” que cuida la laguna Chichankanab, vieron a la Xtabay mientras espiaban al venado en la noche, se toparon con los aluxes y siguieron las huellas del Sincinito, “Wa’paach”, o “Kuulpach”, que traducido al español es “el que camina de reversa”.[10]

Unos dos años antes, había escrito un relato de la Serpiente Jorobas que un viejo campesino de Peto me contó en una cantina de esa villa: una serpiente gigantesca, alada, con la cabeza como la de un caballo, que vive en la laguna, y que de vez en vez sale a calentarse al sol o comer una vaca entera y tumbando el monte con su cuerpo de saurio milenario y que vuela de cabeza porque no le interesa ver a los tristes humanos.

            Años después de ese relato, para 2017 conocí los relatos de la serpiente del cenote de Sacalaca, que cuida esas aguas, y también de la laguna de Okop, entre Sabán y Dzoyolá, Quintana Roo. El mito era el mismo: serpiente gigante, cabeza de caballo y alada. También, cuando visité Dziuché, conocí los trabajos artísticos del pintor Antonio Ojeda, nativo de ese lugar, quien ha indagado también sobre la serpiente Siete Jorobas y la ha plasmado al óleo. Ojeda me ha dicho que la Siete Jorobas es una culebra larga como de 14 metros, es la que se conoce como kukulcán (o k’uk’ik’an). “El Siete Jorobas suele salir mayormente en el inicio de canícula, parte de la cabeza y cola tiene plumas, forma alas como las de un dragón, cuando agita las aguas tiende a volar. Al arrastrarse en su camino, forma un corriental que te arrastra por un largo tramo a lo largo de la laguna, queriendo llevar a su víctima a lo profundo, solo nadando de forma vertical y acostado viendo el cielo te puedes salvar, y si sabes rezar, reza”.[11]

            Los relatos de gente que ha podido avistar a la Siete Jorobas, son escasos, pero de sobra sabido entre la gente de la región que va de Peto a José María Morelos. Una profesora de Dziuché, al comentar mi artículo, señaló este sustancioso relato: “Trabajé con mis alumnos de Dziuché hace años con proyectos de rescate de la laguna, y en muchas ocasiones caminábamos áreas de la sabana de ahí, había zacate alto y en el recorrido pudimos observar espacios del zacate quebrados en forma de eses por distancias de kilómetros, los leñadores comentaban que la dueña de la laguna salió a dar su ronda por la sabana, no se sí sea verdad o mentira.”

            Ramón Aguilera Castillo, un reportero de José María Morelos, vivió un suceso extraño en Chichankanab con un grupo de personas. A principios de esta centuria, Aguilera Castillo, al cruzar en lancha esa laguna, observó el lomo “de un enorme animal en el agua, que incluso golpeó varias veces la lancha donde iban”.[12]

            Una serpiente en la laguna me llevó a analizar el significado del nombre de Chichankanab. La toponimia aceptada del significado de Chichankanab, es que se trata de un pequeño mar, pero podemos darle otro significado basado en documentación del siglo XIX. En ese siglo, a ese lago se le nombraba como Chankanab. Chan, como se sabe, significa pequeño en maya yucateco, pero en el maya clásico, Chan significa culebra (su versión en maya yucateco es Can). Kanab, significa mar en español. Haciendo un mapeo de la región en la herramienta Google Earth, me sorprendió descubrir que la silueta de la laguna Chichankanab tiene forma de una serpiente. Tal vez el nombre de esa laguna sea “el mar de la serpiente”. Para los chortís de Guatemala, la Chichan es una serpiente cuya misión estriba en evaporar el agua terrestre para poder formar lluvias. La Chichan vive en cuevas en los montes, y cuando llega la temporada de lluvias, se introduce en ríos y lagos, pero si muchos chicchanes entran al mismo tiempo en un cuerpo de agua, producen huracanes y deslaves. ¿No esto, la descripción perfecta de la Siete Jorobas?

            El mito de la serpiente voladora va más allá de Mesoamérica, es universal. En la zona de los yoremes, el Dr. Guadalupe Espinosa Sauceda me refiere: “En los pueblos del noroeste de México, entre los yoremes del norte de Sinaloa se cuenta la historia, leyenda o mito de las culebras de agua (dualidad). Se arrastra y vuela. Y dicen que cada ojo de agua tiene una serpiente o culebra que la cuida. Acá se habla de culebras de agua abajo y arriba. Si se mata la serpiente que cuida el ojo de agua se acaba, se seca igual que la vida”.

La k’ukiskan de Sacalaca

En Sacalaca se dice que hay una serpiente con una cabeza de caballo que vive dentro del cenote del lugar. Precisamente un originario de Sacalaca, el maestro Ismael Briceño Mukul, me refirió ese relato. Briceño Mukul me señala que estas serpientes, a los siete años de tener sus siete cascabales, en lugar de que le salga otra cascabel, le salen alas, y con estas alas comienza a volar hacia el fondo del mar, y en su trayecto la acompañan los pájaros. Estas aves servirán de comida a la ya convertida k’ukiskan (tzukan).

            Dicen que cuando se mueve la cola, la k’ukiskan, allá por la canícula de agosto, la gente tradicionalmente sabe que se tiene que cuidar de las infecciones gastrointestinales, y esto tiene como única responsable a esta serpiente que bate su cola al volar hacia el mar, y al moverla, truena arriba, truena en el agua, truena en la tierra. Esto sucede el 14 de septiembre, pero otros aseguran que es para tiempos de la canícula de agosto.

“Y ahora –cuenta Ismael- hay algo interesante. Esa temporada de la canícula también es el tiempo en que se le da la oportunidad para que los animales puedan cambiar su condición. Los venados tienen la oportunidad de convertirse en víboras, o se fusionan las víboras con el venado. Y allá se da el proceso, esa fusión entre el pavo de monte con la serpiente”.

Cada años, vuela una hacia el mar

Narra un milpero de Sabán:

“Allá pasando el pueblo, en el camino de Dzoyolá, en la aguada de Okop, donde están esos “mules” de los antiguos, hace mucho tiempo, al ir de cacería, uno encontraba de todo, desde chachalacas hasta venados.

            Dentro de esa aguada pantanosa, también se topaba uno con distintas serpientes, y en especial con una culebra grande que una vez la vi de noche y era extraño porque su tamaño era desaforado, nunca había visto tan enorme serpiente, pensé que era la anaconda o esa que le dicen la boa, pero era más grande que ellas.

            Era de color negro, la punta de su cola estaba medio rojo, yo la vi. Estaba cruzando por la vereda cercana a la aguada, yendo hacia el pueblo de Dzoyolá, iba vender un poquito de maíz, y a la regresada ahí estaba en el camino como un tronco con escamas relucientes. Me pregunté, ¿cómo le voy a hacer? Pensé rápido, tenía mi bicicleta, comencé a pedalear con toda mi fuerza y la crucé, ni caso me hizo, solo movió su cabeza. Me detuve para contemplarla un rato, calculé cuatro metros o puede ser seis, no lo vi más que con el claro de luna llena pues era de noche, pero de que estaba muy gruesa y que tragaba fácil un venado, sin duda alguna que lo hacía. Tal vez esa culebra era un ejemplar joven de la que se conoce como k’ukis’kan.

Exactamente, creo que es su compañera de otra que vieron en la ruina cercana y que parece como una madera, un tronco gigantesco, se espantaron ¿qué es eso?, no sabían que era culebra, si no tienes nada de fierro te puede jalar, tiene su imán en la boca, y  así pesca su comida, cuando pasan los animales tira su imán y solito viene el pobre animal a su boca, si está el animalito como a cinco o seis metros así, rápido lo jala. Uno tiene que tener un fierro para que no te jale.Sí, con fierro, una vez que tengas un pedacito de fierro no te hace nada, puedes cruzar; pero si ya se ha convertido en un k’ukis’kan, hasta con todo y fierro sí te jala porque tiene su ala, le dicen kukulkan porque le salen sus alas, plumas, hasta arriba y empiezan a volar, sí, vuelan, cuando están volando sus alas lo empieza a elevar, donde quiera ir las alas lo llevan, apunta donde va y lo llevan.

Yo los he visto al kukulcán, lo he visto en un monte, más lejos de acá de donde estamos, en la orilla de la mensura del ejido de Sabán, estaba yo yendo a la cacería, estaba yo perdido mejor dicho, llegué en un hoyo y oí que está sonando así, ¿maare qué será? Cuando vi que cruce ese bicho arriba, solo así como una madera se está yendo, solo su rumor escuché y me asusté, cuando vi que se está yendo como una maderita, pero sus alas así como te digo lo está moviendo arriba, abajo, solo su cola se está moviendo, según la historia que comentan también los abuelitos dicen que cada quince de septiembre es el día en que vuela cada uno de los kukulkanes.

¿Por qué cada 15 de septimbre? Cada año vuela uno, le sale sus alas y busca donde irse en aguas más profundas, ahí van a vivir que cada quince de septiembre vuela uno, las alas de esos animales les empienzan a crecer hasta que llegan a los cien años de vida, le empiezan a crecer sus alas, así dicen los abuelos, por eso cada año tiene que cumplir cien años uno y vuela. ¿A dónde se va? Al mar, ahí viven, ahí van a tragar las cosas, ahí es su casa, sus terrenos, sus territorios.

De las kukulkanes, y de las serpientes grandotas, estamos hablando de la misma especie pero en tiempos distintos. Hay serpientes que cuidan los cenotes y que cuidan las lagunas como la de Dziuché, pero todavía no les salen alas. Pero todavía no tiene sus cien años, están en proceso de crecer, apenas, todavía como si fueran unos chamacos, están creciendo todavía, pero si te descuidas te jala también.

Entonces ¿tú has visto dos, uno creciendo y otro grande, yendo al mar? Sí, ese tiempo en que lo vi estaba yendo a la cacería, a cazar los animales en el monte y en ese tiempo así era ese monte virgen, estaba yo cazando faisan.Eso fue hace como cuarenta años esto que te cuento, como en 1977.


[1] No necesaria o exclusivamente escrita en lengua maya, pero sí conocedora del núcleo duro de la civilización maya, sus mitos, consejas, cuentos, enseñanzas y filosofía.

[2] Wildernain Villegas Carrillo. “La universalidad de la literatura que emerge en Quintana Roo” (2016). En U Suut T’aan. El Retorno de la palabra. Voces de escritores mayas en Quintana Roo. Donald H. Frischmann y Wildernain Villegas Carrillo (editores). Edición trilingüe. Chetumal. Secretaría de Cultura-Gobierno del Estado de Quintana Roo, p. 60.

[3] Carlos Augusto Evia Cervantes es, acaso, el mitólogo más importante que ha dado la antropología yucateca. Ha trabajado el mito del hombre salvaje, pero sus afanes investigativos son más conocidos por haber sido pionero en el estudio de la serpiente tsukán. Cfr. Carlos Augusto Evia Cervantes. El mito de la serpiente tsukán. Tesis para optar el grado de maestro en Ciencia Antropológicas opción en antropología social. Mérida. UADY. 2004.

[4] David Freidel et al, El Cosmos maya

[5] En el 2017 tuve una larga plática con el poeta Martiniano Pérez Angulo. Él me refirió por vez primera sobre k’uk’ik’an, la serpiente emplumada que en tiempos de la canícula hace su aparición (como sonido tronante) en el cielo de José María Morelos, Quintana Roo. En su libro, Adiel Alonso Mena Keb, que describe el relato de unos campesinos que perdieron sus cosechas debido al hambre voraz de cuatro inmensas serpientes que vivían en un viejo “mul” que en realidad era una antigua pirámide, nombra en maya a estas serpientes emplumadas como “k’uk’ umikan”.

[6] Wildernain Villegas Carrillo, Uk’uubal T’aan. Ofrenda de la voz. VII Premio internacional de Poesía del mundo maya “Waldemar Noh Tzec, 2014”. Secretaría de Cultura, Campeche, 2015, p. 43.

[7] Domingo Dzul Poot. Cuentos Mayas I. Maldonado Editores e ICY; Edición bilingüe español/maya; Cuarta edición, 2010, pp. 47-57.

[8] Carlos Augusto Evia Cervantes. “El mito de la serpiente de las grutas”, Unicornio. Suplemento Cultural del Por Esto!, 24 de febrero de 2002, pp. 6-8.

[9] Roldán Peniche Barrera. Yucatán insólito. Mérida. ICY-Maldonado Editores. 2003.

[10] Gilberto Avilez Tax. Paisajes rurales de los hombres de las fronteras. Tesis doctoral en historia. México, 2015, p. 532.

[11] Entrevista con el pintor Antonio Ojeda. 3 de octubre de 2020.

[12] Novedades de Quintana Roo. 22 de agosto de 2016.

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